NOTICIA>
NOTICIA>
Uruguay ha decidido que la salud mental de sus jóvenes no puede depender solo de un especialista al final de la cadena. Profesores, médicos de familia, psicólogos y la propia comunidad entran en juego. Te contamos en qué consiste este cambio y por qué importa.
SALA DE PRENSA
MADRID | 03 SEP 2026
Cuando un árbol joven empieza a crecer torcido, no se espera a que el tronco endurezca para intentar enderezarlo. Se actúa antes, a tiempo. Se le pone un tutor, se le da luz, se le acompaña. Si se deja pasar el tiempo, la curva se vuelve parte del árbol y ya no hay vuelta atrás. El árbol vivirá toda su vida con el problema que no se solucionó en su juventud. Con la salud mental de los adolescentes ocurre algo parecido, y durante demasiado tiempo hemos hecho justo lo contrario: actuar cuando el tronco estuviera del todo torcido.
La fórmula fue siempre la misma. Si un adolescente se sentía mal, la solución era esperar a estar realmente mal para, entonces, acabar en la consulta de un psiquiatra. El problema es que ese modelo llega tarde, atiende a pocos y deja fuera todo lo que ocurre antes. Uruguay ha decidido cambiar el enfoque y sujetar el árbol cuando aún está a tiempo, partiendo de una idea sencilla: cuidar la mente de los adolescentes es tarea de todos, no solo de los psiquiatras.
El modelo que impulsa el país sudamericano es interdisciplinar y comunitario. En lugar de concentrarlo todo en el especialista, reparte la responsabilidad entre muchos. Psicólogos, médicos de familia, trabajadores sociales, profesores y los servicios de atención primaria pasan a formar una red que rodea al adolescente en su día a día, cerca de su familia y de su escuela.
Un profesor ve a sus alumnos cada día y puede notar antes que nadie que algo no va bien. Un médico de cabecera puede detectar señales de estrés o depresión en una consulta rutinaria. Y un centro de salud de barrio puede acompañar muchos casos sin necesidad de derivarlos a un especialista. Así, los psiquiatras quedan reservados para los casos más complejos, que son los que de verdad necesitan atención especializada, y el sistema deja de colapsar.
Los objetivos del plan son: detectar pronto los problemas —ansiedad, depresión, estrés, conductas de riesgo—, reducir el estigma que todavía rodea a los trastornos mentales, reforzar la atención primaria y promover el bienestar enseñando a gestionar conflictos y a construir relaciones sanas. En este esquema, la escuela deja de ser solo un lugar donde se aprenden materias elementales para convertirse en un espacio central del bienestar integral de los jóvenes, donde se previene el acoso y se aprende a resolver problemas.
Uruguay arrastra una de las tasas de suicidio más altas del continente, y aunque hay señales de mejora, las cifras siguen siendo duras. En 2025 el país registró 668 suicidios, la cifra más baja en una década, pero con una tasa de 19,16 por cada 100.000 habitantes, casi el doble de la media mundial. A eso se suman más de 6.100 intentos de suicidio en un solo año.
Lo que más preocupa a las autoridades es lo que pasa entre los más jóvenes. La ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, ha señalado que hay "un grupo etario que nos preocupa muchísimo, que es el de 10 a 14 años". Que la alarma apunte a chicos y chicas de esa edad explica por qué el país quiere actuar antes, en la prevención, y no solo cuando el problema ya ha estallado.
El cambio de mentalidad va acompañado de medidas concretas. Uruguay ha lanzado la campaña "Vivir importa: hagamos red", dirigida a jóvenes de 12 a 24 años y basada en una idea clave para esta generación: el apoyo entre iguales, es decir, cuidarnos entre nosotros. También ha puesto en marcha un registro digital nacional de intentos de suicidio, accesible desde las urgencias de todo el país, y ha financiado decenas de proyectos comunitarios de salud mental.
El mensaje de fondo es un cambio de paradigma: pasar de un sistema que apaga incendios —que reacciona cuando ya es tarde— a otro que previene, que acompaña y que normaliza pedir ayuda. Hablar de lo que uno siente no debería ser un último recurso, debe ser algo tan natural como ir al dentista cuando te duele una muela.
Lo interesante del caso uruguayo es que ofrece una hoja de ruta que otros países podrían mirar de cerca. El bienestar juvenil se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo, y la respuesta clásica —más especialistas, menos listas de espera— pese a necesaria, se ha quedado corta. Repartir el cuidado entre los colegios, la sanidad de barrio y la comunidad no sustituye a los profesionales, pero multiplica las oportunidades de detectar a tiempo a quien lo está pasando mal.
Nadie tiene que cargar solo con lo que siente, y cuidar del otro es responsabilidad de toda una sociedad, no de un único médico al final del camino. Es, en el fondo, volver a lo que el ser humano sabe desde tiempos pretéritos: al árbol torcido se le sostiene cuando aún es joven, no cuando ya no puede enderezarse.
MÁS INFORMACIÓN
NOTICIA | El 27 % de la población de entre 16 y 29 años se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social en España, es decir, más de dos millones de jóvenes. Además, la vivienda, la precariedad laboral y la incertidumbre económica siguen retrasando su emancipación y sus proyectos de vida, según vuelve a ponerse de manifiesto este miércoles, Día de la Juventud.
OPINIÓN | BELTRÁN FERNÁNDEZ-CUESTA
Debemos abandonar el orgullo por nuestras convicciones heredadas y comprender que quien piensa distinto es un aliado.
NOTICIA | Uruguay ha decidido que la salud mental de sus jóvenes no puede depender solo de un especialista al final de la cadena. Profesores, médicos de familia, psicólogos y la propia comunidad entran en juego. Te contamos en qué consiste este cambio y por qué importa.