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Debemos abandonar el orgullo por nuestras convicciones heredadas y comprender que quien piensa distinto es un aliado para avanzar juntos hacia una convivencia pacífica y libre.
Este otoño, cuando vea a los gansos rumbo al sur, fíjese: vuelan formando una «V». La ciencia explica por qué. Al batir las alas, cada ave mueve el aire y sostiene a la que vuela detrás. Volando en «V», la bandada entera aumenta su poder de vuelo en al menos un setenta y uno por ciento. Y cada vez que un ganso se sale de la formación, nota de inmediato la resistencia, comprueba lo difícil que es avanzar solo y regresa deprisa al grupo para aprovechar el impulso del que va delante.
Si de algo peca el ser humano, de manera casi universal, es de orgullo. Nada apreciamos tanto. Cuando discutimos de política no discutimos, en realidad, sobre ideas: discutimos sobre quién tiene razón. Y nada enorgullece más que creerse en posesión de la verdad, convencido de que la propia visión del mundo —por simple y estrecha que sea— es la que mejor encaja con los hechos. Este rasgo se agudiza en los jóvenes.
La influencia de la familia en la formación política y moral es de sobra conocida. La Gestalt lo llama «introyectar». Los valores, las conductas y las actitudes que heredamos en los primeros años los recibimos como lo real y lo universalmente cierto. El niño lo absorbe todo. Cree que esa es la única forma verdadera y razonable de actuar, y que las demás son falsas; en el peor de los casos, da por hecho que quienes las siguen son personas inferiores. Al crecer, casi nunca cuestiona, evalúa ni juzga. «Este es el camino bueno —piensa—, porque sí, porque es el de casa y mis padres sabrán lo que hacen.» Fritz Perls, fundador de esa escuela, comparaba introyectar con tragar sin masticar: desde pequeño lo he mamado, pero no lo he digerido ni asimilado; simplemente se ha convertido en una parte más de mí.
A veces, sobre todo en la adolescencia, ese niño se rebela: desprecia las actitudes de sus padres, sus actos, incluso sus creencias y su culto. Parece una postura crítica. No lo es. Solo reacciona contra la educación que recibió, y esa reacción condiciona tanto o más que la obediencia, porque la dicta, una vez más, lo heredado. En conducta, en valores, en ideas y en religión, la primera doctrina es siempre la de casa. Y esa primera doctrina, grabada en una mente que aún no sabe defenderse, deja una huella casi indeleble.
Aquí topamos con una trampa. Una especie de conspiración silenciosa para impedirnos ser nosotros mismos. Con la mejor intención del mundo, las personas que más nos quieren llevan diciéndonos desde la infancia qué hacer y qué evitar, qué pensar y en quién creer, qué está bien y qué está mal. Nos lo enseñaron antes de que pudiéramos averiguarlo solos. Y nos lo inculcaron como mandatos —algo que solo reconocemos mucho después—, sin advertir que habían levantado dentro de nosotros toda una forma de pensar. Por eso, cuando alguien la pone en cuestión, es lógico, incluso natural, que el orgullo —crecido a su lado— se sienta herido y busque demoler el argumento contrario a cualquier precio. No hay a quién culpar. Es más: el enfrentamiento político, el debate, la discrepancia y el conflicto no son una enfermedad de la vida social. No son males. Al contrario: revelan que una sociedad está viva.
Para medir el daño del condicionamiento conviene mirar su forma más extrema: el terrorismo y la guerra. Matar a inocentes por convicciones políticas es algo que la sociedad condena sin matices. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede alguien arrebatar la vida a otro, ajeno o no al conflicto, solo para dar visibilidad a su causa? Recuerdo el caso de un terrorista detenido y puesto a disposición judicial. Su historia es tan terrible como aleccionadora. Era un hombre entregado a su causa hasta en su versión más sangrienta, con varias matanzas a sus espaldas, algunas contra civiles. Pese a su juventud, le diagnosticaron un cáncer y le dieron pocos meses. Al enterarse, acudió al jefe de la banda y le suplicó una misión suicida. No quería, dijo, haber vivido en vano: su propia muerte cobraría sentido si arrastraba la de otros. Lo detuvieron mientras preparaba su última matanza. Murió poco después. Una locura sin remedio. Y, sin embargo, lo que a nosotros nos parece impensable, a él le resultaba lógico; lo que muchos consideramos la mayor de las crueldades, a él iba a darle un sentido a su vida. ¿Cómo se entiende? Desde niño le habían repetido que su pueblo sufría una opresión injusta, que estaba indefenso y esclavizado, que su única salida era defenderse con violencia, que su lucha era la de la libertad y la justicia, y que quienes abrazaran ese ideal jugándose la vida serían recordados con honor.
Si uno crece en ese ambiente, lo oye a diario, hace suyos esos ideales y los vive como parte de sí, quedará condicionado para siempre. A sus ojos, el riesgo de ser apresado —o de morir— es un acto de orgullo heroico; y matar a seres iguales a él, la justificación de su existencia. Así lo ve, así piensa, así entiende su vida. Habita un mundo opuesto al nuestro, una verdad en las antípodas de la nuestra. Es, sencillamente, el producto de su condicionamiento.
Todos nos preguntamos cómo puede alguien llegar a esto. ¿Cómo se mata a otro ser humano? ¿Cómo se puede ser tan cruel, tan perverso, tan inhumano? Cuando lo oigo, y cuando yo mismo me lo pregunto, pienso lo siguiente —y no para justificar nada, sino para tratar de entender una realidad ajena—: la guerra y el terrorismo son deplorables, crueles e injustos, en su raíz y en su forma. Y, aun así, resultan comprensibles. Porque quienes los ejercen fueron criados para ello.
Nada ganamos negándonos a entender y tachándolo todo de absurdo. La convivencia gana más cuando nos esforzamos por comprender las circunstancias y los prejuicios que empujan a esa gente. Condenar tales actos es una obligación humana; pero, para quien aspire a la paz, también lo es entender el proceso y el condicionamiento que conducen a ese final. Pienso entonces en una frase que Jesús de Nazaret dijo a sus discípulos, y a través de ellos a la historia: «Llegará la hora en que quien os mate creerá rendir culto a Dios.»
En toda sociedad conviven opiniones distintas; las discrepancias, ya lo he dicho, son naturales. Pero hay un punto —para mí, el esencial— en el que sí necesitamos coincidir casi todos: el que toca las razones últimas de la convivencia misma. Ese consenso es el cimiento de una sociedad madura. Y consiste en reconocer —lo cual exige ceder una parte de nuestro orgullo— que cualquier conclusión a la que lleguemos, cualquier construcción ideológica, cualquier convicción moral o política de la que nos sintamos orgullosos, no es del todo nuestra: es heredada. La hemos recibido. Habremos contribuido a darle forma, pero no debemos tomarla por absoluta ni universal. Y menos aún confundirla con la razón última de nuestra vida.
Lo dijo Jiddu Krishnamurti: «Somos gente de segunda mano.» Ningún pensamiento nuestro es del todo original, nuevo ni propio. Más aún: si alguna vez levantamos una idea sincera y bien trabada, libre de orgullo y de afán de propiedad, la historia se encargará casi siempre de recordarnos que tampoco es nueva, porque, en algún punto de su inmensidad, alguien partió de lo mismo y llegó a idéntica conclusión. Yo mismo soy el resultado de mil influencias: casi nada hay de nuevo en mi, casi nada de original y, a veces, casi nada de claro. La pregunta, entonces, es esta: ¿voy a permitir que mi vida se convierta en un discurso escrito por otro? Liberarse de toda autoridad, propia y ajena, es morir a todo ayer para que el pensamiento siga siempre abierto y libre. Borges nos pedía no cargar sobre los hombros todos los ayeres de la historia. Esa es la única convicción que ha de ser categórica. Si ese consenso se rompe, brota la discordia de arriba abajo; y de eso, ya lo hemos visto, nuestro mundo ofrece traumáticos ejemplos.
Quizá ese consenso se reduzca a muy pocas afirmaciones. Tal vez a una sola: la voluntad, firme y sincera, de convivir en libertad. Y eso, más que una convicción, es una «creencia» —o debe funcionar como tal—. Ortega y Gasset lo expresó bien: las ideas las sostenemos nosotros; las creencias nos sostienen a nosotros. Desde ellas convivimos. Y convivir, por mi experiencia, es reconocer al diferente: a ese «otro» que no comparte mis ideas, que no viene de donde yo vengo, que no creció en mi cultura ni defiende lo que a mí me mueve, y que, sin embargo, no es mi enemigo, sino mi complemento. Él completa mi «yo» político. Sus ideas dan sentido a las mías, porque sin las suyas las mías no significan nada. Por ello lo necesito. Y por ello, solo conviviendo podemos, él y yo, defender lo que pensamos.
Permítame terminar parafraseando a Antoine de Saint-Exupéry: los jóvenes no deberíamos mirarnos a los ojos, sino mirar juntos hacia el futuro. Quienes comparten un rumbo y un sentido de comunidad llegan más lejos y más rápido, porque se sostienen unos a otros. Si usted y yo tuviéramos la inteligencia de un ganso, no nos soltaríamos: volaríamos uno junto al otro, apoyándonos. Si tuviéramos la misma inteligencia, volaríamos en «V». Y así, juntos, alcanzaríamos un futuro de progreso, en convivencia y libertad.
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