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Trabajamos, pero no llegamos a fin de mes. Estudiamos, pero no encuentramos trabajo. Queremos independizarnos, pero la vivienda nos lo impide. Esta es la foto de una juventud española atrapada entre el esfuerzo y la incertidumbre.
SALA DE PRENSA
MADRID | 03 SEP 2026
Tienes 27 años, un contrato indefinido y un título universitario. Sobre el papel, deberías estar montando tu vida: tu piso, tus planes, tu futuro. En la práctica, sigues en la habitación en casa de tus padres, echando cuentas para ver si algún día el sueldo alcanza para un alquiler. Este es el retrato de toda una generación.
Los jóvenes de hoy trabajan más y en mejores condiciones que hace una década, pero siguen sin poder construir una vida propia. La razón tiene nombre y apellidos: precariedad, incertidumbre económica y, sobre todo, una vivienda imposible.
El mercado laboral juvenil no se parece al de los peores años de la crisis. El paro entre los menores de 30 años ha caído del 40 % de 2013 al 16 % en 2026. La temporalidad, esa lacra de los contratos de semanas que impedía cualquier plan a futuro, ha pasado del 56 % en 2018 a alrededor del 32 % en la primera mitad de 2026.
Son cifras que importan. Hoy hay más jóvenes trabajando y más contratos estables que hace unos años. El problema es que tener trabajo ya no garantiza poder vivir de él.
Y aquí está el gran problema. Puedes tener un empleo estable y aun así no poder marcharte de casa. La tasa de emancipación cayó en 2025 hasta el 14,6 %, prácticamente la mitad que en 2008. En pocas palabras, solo algo más de uno de cada siete jóvenes ha conseguido independizarse. La edad media para lograrlo se ha ido más allá de los 30 años.
El culpable principal es el precio de la vivienda. Cuando el alquiler se come la mayor parte de un sueldo joven, emanciparse deja de ser una decisión y se convierte en un lujo. Por eso solo 3 de cada 10 jóvenes que sí se han independizado lo hacen sin depender económicamente de su familia: el resto necesita ayuda de casa para llegar a fin de mes. La independencia, hoy, viene con subvención familiar incorporada.
Aunque suene contradictorio, se puede tener empleo y seguir en riesgo de pobreza. El 27 % de los jóvenes de entre 16 y 29 años está en riesgo de pobreza o exclusión social: más de dos millones de personas. Y un 20,9 % vive directamente por debajo del umbral de la pobreza.
Esto rompe una promesa con la que muchos crecimos, ahora estudiar y esforzarse no basta para prosperar. Para buena parte de esta generación, el esfuerzo ya no se traduce automáticamente en estabilidad, y esa ruptura del contrato social pesa.
Una investigación del Observatorio Social de La Caixa señala la precariedad y la inseguridad económica como factores clave en los problemas de salud mental de la juventud. Vivir en un futuro que no se puede planificar —sin saber si podrás mudarte, ahorrar o formar una familia— genera ansiedad, estrés y una sensación de estancamiento difícil de sostener.
A esa frustración se suma un desapego creciente hacia las instituciones. Siete de cada diez jóvenes declaran poca o ninguna satisfacción con el funcionamiento de la democracia. No es apatía: es la respuesta lógica de quien siente que el sistema no le está devolviendo aquello que prometió.
La radiografía deja una conclusión muy preocupante. Los datos de empleo mejoran, pero la calidad de vida no, porque el gran cuello de botella —la vivienda— sigue sin resolverse. Una generación entera está, literalmente, en la sala de espera de su propia vida: preparada, formada y trabajando, pero sin las llaves para abrir la puerta del futuro.
La buena noticia es que nada de esto es un destino inevitable. Son problemas de política pública —vivienda asequible, salarios dignos, apoyo a la emancipación— y, por tanto, tienen solución si hay voluntad política de abordarlos. No debemos preguntarnos si los jóvenes estamos dispuestos a esforzarnos. Lo estamos, los números demuestran que lo estamos. La pregunta es si la clase politica y económica dirigente esta dispuesta a esforzarse por nosotros.
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